martes, 30 de junio de 2015

He pensado en ti, de nuevo.

El sonido del corcho al deslizarse por el cuello de la botella le hizo salir de su trance. No podía jurar si era de noche o de día, sólo sabía que las horas habían pasado porque había visto el reloj en la pared marcar varias veces las doce. Pocas le parecían aún así.

El vino se derramó un poco al servirlo, dejar caer unas gotas siempre da suerte o eso le habían dicho a él toda su vida. Mojó el dedo sobre el mantel, que ya no sería blanco nunca más, y se humedeció la lengua con él. Sabía a aquello que fuera que se usase para destilar la pasión. Entrechocó su copa sin bajar la mirada de esos ojos verdes que se la habían puesto en la mano. Tan sólo un sorbo, ligero, el punto justo para notar el calor en la garganta pidiendo un pase de primera en las mejillas. Pero aquello no iba de tactos más allá de la yema de los dedos y aquello que la lengua no podía tocar.

Se levantó de la silla, con ese calor en el ambiente la espalda desnuda se le había quedado pegada al respaldo. Ella le miraba. Le miraba como buscando si escondía algo más allá de la piel, como si de músculos y huesos se pudiera hacer una trama de triquiñuelas para ocultar vete tú a saber qué. Su copa a la altura de los labios a modo de escudo y el color carmesí de sus labios despegándose intentando formular una pregunta.

Le apartó el pelo por detrás de la oreja. Era suave y rebelde, casi igual que el rostro que apenas unos instantes atrás tapaban. Los dedos por la mejilla, recorriendo con suavidad su piel, hacen de resorte en su brazo y la copa se posa en la mesa. Quiere ser besada. Quiere que con un sencillo gesto las intenciones sean hechos, una vez más. Él la coge del rostro, coloca sus dedos en su nuca y se acerca. Ve cómo cierra los ojos y se estremece mínimamente a la espera del contacto de ese beso. Pero él se detiene, sabe que ella le desea y que va a luchar por ese beso. Se muere por dárselo pero no lo hace porque sabe que ella se muere tan solo un poco más que él por sentir esa sensación. Lo ha hecho decenas de veces, conoce esa sensación como si fuera un viejo amigo y al cabrón de él le encanta.

Espera atento, quiere ver cómo ella abre los ojos en busca de respuesta. Sabe que va a pasar. Y en cuanto los abre la besa. Con pasión, con fuerza, entregándose en la mínima expresión física de aquellos que para él es lo más cercano a un te quiero sincero que jamás podrá conjugar. No es un te quiero persé. Es un "has hecho de mi alguien con la fuerza suficiente como para darte la llave de mi letargo para que decidas sumirme en él cuando no quieras volver a besarme más" o algo parecido.

Sus labios finos, los de él carnosos. Sabe que no puede parar de entregarse a la sensación. Sabe que entregarse es difuminarse y con ello la perdición. Por eso atrapa su labio inferior y tira de él. Por eso se amarra a su cuello como si al levantar los labios y la vista fuera a hacerse aire y desaparecer. Quiere quedarse a vivir en esa sensación y al tiempo quiere más. Lo quiere todo. Desea saborear cada resquicio de su cuerpo cómo si del Valhalla se tratase y él viviera rodeado de cuervos. Deja de notarse humano, todo se reduce a la mecánica de notar sus suspiros deseando ser gemidos a cada asalto de su mentón y a la velocidad a la que cada poro de su cuerpo toca la señal de alerta desde la nuca hasta la cara interior de sus muslos.

La respiración se acelera, el pulso se dobla y el vino ya ha terminado de malograr el mantel para siempre. Ella ya no abre los ojos, algo se lo impide, y eso hace que pierda el control sobre su rostro y los gestos que pudiera intentar refrenar. Salta grácil buscando rodear el abdomen de él con las piernas y, sin quererlo o no, le concede el tacto de sus pezones duros como la vida misma contra la mejilla. Ella ya no actúa, se entrega, y eso implica mucho más para él de lo que sus manos puedan decirle a ella.

No quiere follarla. Con cualquiera puedes follar y después fingir que la vida no os hizo sudar sobre el mismo colchón al mismo tiempo. No, él quiere exactamente de ella lo que ella está ofreciéndole. Su cuerpo desnudo no es más que la personificación de lo que sus palabras se han intercambiado durante el tiempo que se conocen.

Suelta su culo por primera vez desde que se subió sobre él para recostarla en la cama. Ella parece entender sus intenciones. Los pies de ella tocan el suelo, él la toca con los labios y nada más. No lo admitirá jamás pero cada vez que juega con uno de sus pezones no puede evitar esbozar una sonrisa al saber cómo reaccionará ella. Es esa reacción justo lo que hace que libere de su juego la areola y todo cuanto en ella se contiene. Ella extiende los brazos sobre la cabeza y agarra con fuerza aquello que tiene al alcance, a veces es él aquello que tiene al alcance. Las sábanas estarían más revueltas tan solo de una forma y sería rompiéndolas. Pero por no necesitar no necesitan ni el propio colchón, tan sólo el uno al otro.

Podría realizar ese camino con los ojos cerrados, sobre su ombligo y hasta que el vello roce su barba. Ahí es donde da su beso más largo, más intenso, ya que es el preámbulo del punto de no retorno. Sabe que saborearla le hará querer más y que se le nublará la vista. Los sentidos se le agudizarán y tanto el gusto como el tacto adquirirán dimensiones que conoce exclusivamente de esa clase de situaciones.

Busca su mirada, entre sus pechos, tras detenerse para que ella le pida que no para sin tener que mover la lengua. Lo hace. Y la calma dura un breve instante. Lo justo y necesario para hacer de sus muslos su fortín. Se entrega religiosamente a la gustosa penitencia de las piernas sobre los hombros y las manos tirando de su pelo. No necesita más. No necesita que le digan si han pasado dos horas o cincuenta. No necesita que nadie le diga que si volverá a ver su rostro compungido cuando se corra. Son cosas que a nadie le importa, a nadie más que a ellos. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario